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"Tenía cara de buena persona...y era Bin Laden"

Entrevista publicada a lavanguardia.com el 3 d'octubre de 2016

Anna Lloret, secuestrada por Bin Laden 21 meses antes del atentado de las Torres Gemelas

<< Tengo 44 años. Nací en Lleida y vivo en Mollerussa. Soy psicóloga clínica y pintora. No milito en ninguna ideología y me inspira la filosofía budista.

‘Dues cicatrius’

Anna Lloret es psicóloga y admite que el secuestro al que sobrevivió hace 17 años –“que no le deseo a nadie”, aclara– ha sido su gran maestro: “una lección de vida”, me explica, que le ha servido para ayudar a sus pacientes con crisis de ansiedad y shocks postraumáticos. Ella sufrió por el miedo a que su muerte rompiese de dolor a sus seres queridos, y durante años ha preferido vivir sin contar. Pero ahora ha sentido que contarlo todo puede ser útil y ha permitido que el periodista Ferran Grau convierta su historia en una trepidante y honda novela, Dues cicatrius (Capital Books), relato de un hecho que está en el embrión del mundo en que hoy vivimos.

 

Bin Laden le salvó la vida.

Decidió liberarnos en vez de matarnos. Yo no sabía quién era ése hombre barbudo...

¿Ah, no?

Nos secuestraron en diciembre de 1999, 21 meses antes del atentado contra las Torres Gemelas.

¿Qué hacía usted en aquel avión?

Tenía 27 años y, recién casada, estaba en viaje de bodas por India, Nepal y Jordania.

Y va y secuestran su avión...

Despegábamos de Nueva Delhi... Me maravillaba lo que había visto en India... ¡Un templo consagrado a las ratas! Veneradas, correteaban a su aire: visto eso, ¡todo era posible!

¿Adónde volaban cuando el secuestro?

A Katmandú. Vi correr a un tipo con pasamontañas por el pasillo del avión... Y enseguida oí una orden a gritos: o bajábamos la cabeza entre las piernas o nos mataban.

¿Qué hizo usted?

Obedecí. Oía gritos, carreras, golpes, ruidos.

¿Qué sintió?

Miedo, incertidumbre... Y en las 16 horas siguientes pensé que nos estrellaríamos: ordenaron varios aterrizajes peligrosos, el avión quedaba casi en vertical hacia abajo...

Pobres pilotos.

A ellos sí les agradezco la vida, pudimos estrellarnos varias veces.

¿Y no le agradece nada a Bin Laden?

No. Le convino liberarnos por sus intereses, ¡no por compasivo! Era el sexto día de secuestro, habíamos aterrizado en Kandahar, en Afganistán, y subió al avión...

¿Qué recuerda de ese momento?

Los secuestradores nos avisaron de que iba a subir el “señor de la guerra” del lugar... ¡y de que nos matarían si le mirábamos! Bajé la cabeza, oí sus pasos por el pasillo...

Glups.

Caminaba muy despacito y relajado, como si paseara por un jardín, mirando el paisaje...

O eligiendo a quién sacrificar... ¿Y usted le miró?

Sí, de reojo, en un acto reflejo al pasar a mi lado. Me impactó.

¿El qué?

Aquella indumentaria tradicional afgana, aquella larga barba oscura... Hoy estamos acostumbrados, ¡pero no entonces!

¿Sintió miedo?

Ya me habían puesto una pistola en las costillas, habían asesinado de treinta puñaladas a un pasajero indio... Yo había pisado moqueta empapada en su sangre... En fin, ya hacía días que me daba por muerta, así que... Hasta pensé: “Tiene cara de buena persona”.

Vaya...

Luego hizo subir a dos personas que limpiaron el avión: apestaba, muchos se habían hecho encima sus necesidades...

¿Sintió síndrome de Estocolmo?

No, ni con Burger, jefe de los cinco secuestradores: se sentaba a hablar conmigo... Tendría unos 31 años, hablaba inglés de Oxford.

¡Anda! ¿Y qué le contaba?

Que India destruía pueblos de Cachemira, que los indios cometían atrocidades y mataban y encarcelaban a sus hermanos. “¿Te parece justo?”, intentaba justificarse. “No”, le admití, y enseguida añadí: “¡Pero tú estás haciendo lo mismo ahora!”.

Se la jugó usted...

Me daba igual, ¡ya me había despedido de todo, mentalmente! Un día mostró en alto un anillo hallado en el suelo y preguntó: “¿De quién es? ¡Ved que no somos ladrones!” Era mi anillo de boda, se me había caído. Y me lo devolvió.

Ladrón no era, eso es verdad.

Me hablaba también de su hijita, el mayor amor de su vida. Yo le mentí diciéndole que tenía una hijita igual.

Buen truco... ¿Qué pretendían los secuestradores?

La liberación de 200 presos cachemires en India, activistas de Compañeros del Profeta. Y también dinero, pero eso no me lo dijo. Sí me desveló su presunto plan...

¿Cuál?

Aterrizar el avión en Europa para lograr más repercusión mediática internacional.

¿Cree que eran suicidas?

No lo sé: al octavo día nos dejaron solos. Habían logrado que soltasen a un par de presos importantes, y a Bin Laden debió de bastarle. Uno de esos hombres fue quien degolló al periodista Daniel Pearl en el 2002...

No bromeaban, desde luego.

Burger, antes de largarse, mató a puñaladas a otro de los secuestradores, un campesino muy combativo al que llamaban Red y que creo quería matarnos a todos. Ya huidos, se escondieron en el refugio de Bin Laden en las montañas de Afganistán.

¿Ha vuelto a saber de Burger?

No. Otra pasajera, Shira, que hoy vive en Israel y somos amigas, hace poco me ha contado otra cosa que le oyó...

¿A ver?

“Esto es sólo un ensayo para algo gordo que haremos en Estados Unidos”... No le dio importancia a la frase, la olvidó...

¿Qué huella le ha dejado todo aquello?

Hace poco padecí acoso laboral, podría haberme hundido, pero... ¿qué es eso cuándo te has visto morir a cada minuto de ocho días en manos de cinco terroristas? ¡Bah! Estoy blindada ante las adversidades de la vida. >>

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